jueves, 24 de junio de 2010

Abuso de autoridad o simple mala leche


Hace poco estuve haciendo un recorrido mental acerca de mis desafortunados y tristes encuentros (¿o desencuentros?) con la autoridad policial en el transcurso de mi vida, y he llegado a la conclusión de que la institucionalidad de las obligaciones morales y derechos sociales es la contradicción más obvia y difícil de erradicar en el sistema humano (léase: sociedad) debido a que mientras sean las leyes que nos rigen creadas por nosotros mismos, siempre habrá imperfección.


También podría haber nombrado este post “Discriminación”, “Racismo”, o ¿porque no? “Mala leche”, pero abuso de autoridad parece sobresalir como el común denominador en estas cuatro historias y ahora verán porqué.


Primero me voy a limitar a detallar (cronológicamente) cuatro sucesos significativamente negativos en mi experiencia con la policía y luego algunas de las pocas (sino las únicas) experiencias positivas:


1 – Pendejos vs. Experimentados Pillos:

Ciudad autónoma de Buenos Aires, en esa época “Capital Federal”.

Domingo, cerca de las 6pm. En la esquina de Franklin y Espinosa, a media cuadra del departamento donde vivía con mi madre en Caballito Norte… en esa época yo tenía 17 años.

Con dos amigos de la secundaria nos disponíamos a partir hacia nuestros respectivos destinos (ellos a sus casas y yo a la casa de una novia de la época). Nos detuvimos en esa esquina para despedirnos cuando una patrulla de la comisaría 13° (si mal no recuerdo) se detiene y bajan dos oficiales de la “Federal”.

En esa época estábamos acostumbrados que en cualquier momento, y en cualquier lugar la policía podía demorarte por averiguación de antecedentes.

Cómo sabíamos el procedimiento les entregamos documentos y dejamos que nos “revisen”.

La situación comenzó a bizarrear cuando la revisada pasó a mayores, y ahora nos estaban palpando las partes íntimas, todas nuestras pertenencias y hasta las zapatillas.

Luego de un rato, uno de los dos oficiales se adentra en la patrulla mientras el otro nos intimidaba con preguntas como “¿fuman porro?”, “¿tienen algo encima?”, “¡miren que si les encontramos algo van adentro!”, etc., etc.

Con descaro, y sin preocuparse por ocultar su “maniobra”, el oficial que se había adentrado al auto salía ahora con una linterna en la mano derecha y una pequeña bolsa en la mano izquierda.

Se dirigió directamente hacia las ramas de un árbol caído (situado a unos 3 metros de nosotros), revisó el interior del escombro de ramas y levantó la “bolsita” que él mismo había depositado segundos antes.

Mientras observaba la acción del oficial, comencé a sospechar fuertemente que algo tramaban estos dos “sirvientes de la comunidad”... pobre de mí! que ingenuo!

El resto es pan comido: la bolsita contenía una importante cantidad de marihuana, y nos acusaban de habernos despojado de ella tirándola entre las ramas al verlos venir. Cualquier intento de razonamiento o negación de nuestra parte fue inútil.

Nos les costó mucho encontrar un transeúnte despistado para que salga como testigo de lo ocurrido y le hicieron firmar un tipo de declaración en la cual constaba que nos habían revisado y encontrado “droga” en nuestra posesión. (*)

Por suerte no fue tan terrible nuestra estadía en el calabozo (cada uno en cuartos contiguos y aislados), ya que la guarda cárcel nos pasó uno o dos puchos por la rendija de las puertas de metal, y no nos mezclaron en el calabozo común.

Creo que fue alrededor de la madrugada que a mí, por ser menor de edad, vino a buscarme mi vieja. Mis amigos salieron unas horas mas tarde.

Me molesta decirlo, pero obviamente mi inocencia fue puesta en duda hasta por mi propia madre. Me molesta usar la palabra “obviamente” porque todavía está grabado en el inconciente colectivo que la policía está para servir a la comunidad y la gente se olvida de los toques de queda, del gatillo fácil, la corrupción, y muchas otras aberraciones atribuidas al cuerpo policiaco/militar de nuestro querido país y de muchos otros países.

Acusados de “Posesión de drogas” o algo así.

(*) Una vez sentados en la comisaría, esperando a "tocar el pianito" (impresión de huellas digitales), todavía sin creer lo que nos estaba pasando, se nos acercó uno de los dos oficiales con una especie de envoltorio sellado con cinta blanca dicéndonos que habían encontrado "eso" en el asiento trasero de la patrulla. No me acuerdo si fui yó, o uno de mis amigos que le retrucamos (esta vez funcionó) que había firmado un testigo antes de que entremos a la patrulla que nos habían revisado completamente. Se dió media vuelta y se retiró.


2- Típico de película yankee:

¿Recuerdan alguna película de pandillas gansters, o inclusive los capítulos de COPS en donde el inmigrante (representado por algún latino rapero) sufre algún encontronazo con un policía típico norteamericano, de contextura ancha, blanco, bigotes, etc.?

Bueno, ahora ambienten ese paisaje a la entrada de un parque de diversiones barato en algún pueblo perdido de la costa oeste de Florida, USA.

Noche, las personas entran emocionadas al divisar a lo lejos una montaña rusa, palomitas de maíz, payasos, ruletas, peluches de premio, lucecitas de colores y música por doquier.

Acabábamos de comprar las entradas (US$20), y dos amigos, mi novia de la época y yo nos disponíamos a entrar y disfrutar de una noche divertida.

En esa época me había hecho rastas y me envolvía la cabeza con un pañuelo azul tipo bincha.

Un oficial me detiene justo en la entrada y me pide (amable pero firmemente) que me retire el pañuelo de la cabeza.

Uno dice- ¿que onda? ¿Habré escuchado mal? – mientras tanto seguí caminando cuando a los pocos metros (luego de haber entrado) me intersecta el oficial típico yankee que describí al comienzo y me pide que me retire.

Entendí rápidamente que era porque no me había sacado la bincha, entonces cedí al ridículo pedido y la retiré de mis cabellos. A pesar de mi acción, el oficial interpuso su enorme cuerpo en mi camino y me obligó a retroceder sin responder a mi obvia pregunta-“¿Qué hice?”-

Una vez fuera del parque, seguí cuestionando su actitud- “¿usted me va a pagar la entrada?”- La segunda vez que le hice esta pregunta (ya que no me contestaba) me advirtió que si seguía preguntando me llevaría a la comisaría.

La tercera vez que le repetí la pregunta, antes de que terminara la frase tenía tres oficiales esposándome y reventando mi cara contra el capot de una patrulla, mi novia gritaba desde la muchedumbre que todos entraban con gorras, binchas y otras cosas en las cabezas y que era ilegal hacer lo que estaban haciendo, a lo que una mujer policía le pregunta- “¿vos querés ir con él?” y ella responde que si!

Pasamos más de 12 horas en el calabozo. Yo, rodeado de borrachos y ella de drogadictas y prostitutas. La fianza para cada uno fue de US$500.00

Acusados de “trespassing on public property or convey” que vendría a ser algo así como “Invasión de propiedad pública”.


3- Brasil, Brasil:

Creo que la playa era Paratí, en Río de Janeiro. Divina playa turística alejada de la ciudad. Unos diez mochileros dormíamos sobre la arena, al aire libre, bajo un cielo estrellado y alrededor de una fogata enorme que habían encendido para festejar el aniversario del bar-restaurante de la playa.

En lo mejor de la noche, cuando el sueño era profundo y la fogata casi se había extinguido, siento dos patadas punzantes en mis costillas y unas voces burlonas que nos preguntaban dónde teníamos la droga. Los dos oficiales con linternas, en obvio y lamentable estado de ebriedad no paraban de hacernos burlas y la misma pregunta era formulaba en diferentes formas.

Creo que yo y un par más fuimos lo únicos que atinamos a levantarnos a decirles que no teníamos nada, que nos dejen dormir.

Volvimos a nuestras respectivas bolsas de dormir, con la conciencia limpia de no llevar nada encima mientras que las risas de los oficiales y sus molestas luces se iban de a poco esfumando en la oscuridad... nuevamente el eterno sonido de las tranquilas olas del mar comenzaron a reinar en el ambiente.



4- Mi pueblito natal:

En Abril de este año, volvía con mi novia (actual) de un viaje de mochila por el sur de Argentina, Chile, y norte de Chile. La ruta que conecta las provincias de Mendoza, San Luís, sur de Córdoba y Buenos Aires (de Oeste a Este) es la ruta siete.

Ciento cuarenta quilómetros antes de llegar a la capital de BsAs, se encuentra un hermoso pueblito chico cuyo nombre no viene al caso. Allí nací yo, y vivimos con mis padres y mi hermana hasta mis 6 años.

Pequeño pueblo de 10mil habitantes, plaza principal rodeada del banco, la municipalidad, la comisaría, la iglesia, los bolichitos más importantes, el club, y otros negocios varios. Bueno el resto se lo imaginarán.

Cuestión que decidimos parar unos días allí para recorrer mi pueblito natal y visitar amigos de la familia que aún viven allí.

Esa noche dormimos cerca de la estación de servicio en la entrada del pueblo, justo sobre la ruta (como era nuestra costumbre). Al día siguiente nos adentramos al pueblo y como teníamos que esperar a la gente que iríamos a visitar decidimos hacernos unos sándwiches y sentarnos en la hermosa plaza principal a disfrutar del almuerzo y admirar la simpleza y belleza de un pueblo hasta ese entonces (y en mi cabeza) “terreno conocido”.

En medio de nuestro inocente picnic sentados en el pasto, con todo nuestro equipaje alrededor e inclusive nuestra gatita de viaje “Pacha”, dos oficiales (siempre vienen de a pares, ¿no?) se nos acercan y nos piden documentos.

Lejos de parecerme normal, comencé a hablarles como uno le hablaría a un pobre oficialucho de pueblo: con respeto, y al mismo nivel.

Cuando nos dijeron que averiguarían antecedentes la bronca comenzaba a ahorcarme y ahora mis palabras eran menos y más capciosas como- “¿se da cuenta que en mi documento dice que nací aquí?” –
Sin querer devolvernos los documentos nos pidieron que los acompañemos a la comisaría (ubicada a media cuadra) ya que el comisario quería hablar con nosotros.

Mi ignorancia, o negación a entender lo que estaba pasando, me hizo pensar “uh, que loco, el comisario debe haber reconocido mi apellido y quiere saludarme”, ya que era posible que fuese el mismo comisario, o talvez antiguamente un oficial que conocía a mi familia, (al haber sido mi papá el primer kinesiólogo y mi mamá la primer profesora de gimnasio en la historia del pueblo… hay hasta una nota en le diario de la época despidiéndonos cuando nos fuimos hacia otros rumbos!!!).

Pobre de mí. El trato fue pésimo, rozando la estupidez. El comisario un gordo bigotudo pelotudísimo y autoritario. No me olvido más la expresión en su cara cuando le estiré la mano y le dije- “Buenas tardes, yo soy Leopoldo Commisso, nací aquí y estamos de viaje con mi novia visitando el pueblo”-
A mi novia le estalló la bronca cuando nos quisieron hacer firmar un acta en donde constaba que habíamos sido detenidos y demorados en la comisaría por averiguación de antecedentes, que nos había revisado un médico antes de entrar y al ser liberados, y bla bla bla… todo un proceso que nunca existió y que de por sí nos parecía una burla a la inteligencia.

Luego de hacerlo rabiar un poco al troglodita bigotudo, logramos que modifiquen el acta. Y a pesar de que nunca nos habían leído los derechos, a pesar de nunca haber visto a un médico, terminamos firmando una versión un poco más acorde con lo sucedido.

Acusados de “comportamiento sospechoso”.


En cuanto a mis experiencias positivas está aquella vez que mochilieando en las rutas de Paraná, Brasil, paramos en una estación de servicio para dormir y se nos acercó un policía a tocar la guitarra y contarnos de sus viajes de mochila.

La vez que le pregunté a un policía en la calle dónde quedaba la estación de tren y me indicó amablemente con el dedo.

Y la vez que me quisieron robar los anteojos y justo pasaba un policía cerca… obviamente no me podía acusar de nada así que no le quedó otra que atrapar al ladrón.

No puedo dejar de notar que en todas las historias reina el prejuicio y el abuso de autoridad de parte de quienes deberían protegernos…

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