jueves, 2 de septiembre de 2010

Una historia poco creíble, pero cierta!

Caía la tarde, y estábamos cansados de subir y bajar morros por la ruta contigua al mar. El lugar exacto en el mapa no lo recuerdo (probablemente norte de Sao Pablo, sur de Río) pero nunca voy a olvidar el verde imponente de los diferentes árboles, arbustos y otros yuyos contrastando con el infinito azul del mar y el cielo que parecían unirse en el horizonte.

Oscurecía ya, y con los últimos esfuerzos alcanzamos un pequeño bar de chapa en la cima de la colina, justo al costado de la ruta en la que andábamos.

Víctor y su compañero dejaron sus bicicletas a un costado mientras que su perro jugueteaba cerca. Kali, Juan, Jorge y yo apoyamos nuestras cansadas mochilas al pié de un árbol y, no muy lejos de la entrada al bar, comenzamos a armar una pequeña fogata para calentar agua y avivar la noche.

Curiosamente, comenzamos a imaginarnos el mejor lugar para pasar esa noche luego de haber recorrido kilómetros y kilómetros, algunos a pié, otros en bicicleta, otros en algún camión o coche particular. Cada uno fantaseó a su manera, pero todos coincidimos que una mansión con pileta, heladera, cocina, y vista al mar era la mejor opción en ese momento.

Al rato de estar sentados frente al fuego, mirando las enormes estrellas, se nos acercó un pueblerino de por ahí y comenzó a hablarnos. Luego de un par de risas, grata compañía, y sin más rodeos, nos invitó a pasar la noche en la casa de su patrón…

En esa época, donde nuestro mejor refugio podía llegar a ser las raíces levantadas de un anciano y poderoso árbol o el agujereado techo de algún puesto de vigilancia abandonado; no desconfiamos de la naturaleza de su invitación.

Levantamos campamento y seguimos a nuestro nuevo amigo cuesta arriba (si, aún más arriba) hacia la casa de su patrón. Él solo la usaba en vacaciones, pero como no era época, se encontraba desierta.

La sorpresa no fue encontrarnos con una mansión desierta ni en perfectas condiciones...

Cuando nuestro nuevo amigo nos enseñó la parte de la casa donde podíamos quedarnos (cada uno su habitación con cama), nuestras caras y corazones quedaron congelados: todas las habitaciones daban a una piscina súper limpia y bien cuidada, un barandal antiguo de material, una caída rocosa vertical (de 500 o 600 metros talvez) y luego el inmenso mar a nuestros pies.

De la alegría comenzamos a zambullirnos en la piscina, a cantar, saltar y agradecerle al cielo por el milagro.

Pasamos la noche allí. Algunos hablando, otros zambulléndose al agua, otros contemplando el infinito horizonte negro repleto de enormes estrellas y cometas, otros tejiendo macramé. Finalmente todos despertamos para observar calladamente el eterno amanecer.

Creo que todos hemos visto amaneceres hermosos, con esos naranjas, rosas, violetas, amarillos, celestes. Pero como éste, nunca volveríamos a ver uno igual. Tan así que aún consigo sentir el aroma de los árboles de mamão que brotaban del barranco transpirando al pegar el sol sobre sus tiernos frutos.

Esa mañana, como si fuera poco el eterno regalo de nuestro pueblerino amigo, cocinamos tortas fritas con grasa y tomamos mates hasta el hartazgo.

Le dejamos todo tipo de regalos: collares de macramé, piedras engarzadas, semillas raras, e inclusive unas baterías recargables que llevaba conmigo y que nunca había tenido la posibilidad de utilizar.

Así como nos conocimos, nos despedimos de nuestro “Ángel guardián” y seguimos viaje rumbo al norte por la misma ruta.

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